Palestina no puede esperar

La Segunda Guerra Mundial no terminó con la entrega de parte de Alemania a los nazis. El conflicto no terminará con la entrega de parte de Palestina al sionismo.

Palestine flag

Foto: Wikimedia Commons

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Haidar Eid es un profesor palestino que solía enseñar literatura postcolonial y postmoderna en la Universidad Al-Aqsa en Gaza. Esa universidad ya no existe, producto de la acción de los misiles y de las mentes sionistas que dispararon y dirigieron esos misiles. Recientemente su libro Descolonizando la mente palestina fue publicado en castellano por la editorial La Trocha, en Santiago de Chile. A Haidar lo conocí a principios de este año. Su hogar quedó totalmente destruido y quizás podríamos ironizar diciendo que tuvo la suerte de ser advertido por los criminales quienes le dieron 5 minutos para evacuar.

No todos ni todas tuvieron la misma “suerte”. Desde el 7 de octubre de 2023, 60.038 personas han sido asesinadas de las cuales 18592 son menores de 18 años. Estas cifras podrían estar subestimadas si revisamos las evaluaciones reportadas en la revista Lancet que, en junio de 2024, ya estimaba en 37.336 la cifra de muertes a las que se sumarían 14.400 desaparecidos y las llamadas muertes indirectas, esto es, las muertes por inanición, que en este último mes se han elevado de manera alarmante. La agresión realizada por el estado de Israel en la Franja de Gaza ha destruido más de 70% de las viviendas, desplazado a unas 2.3 millones de personas y se ha dirigido de manera abierta y selectiva contra la población civil, atacando y destruyendo escuelas, universidades, mezquitas, iglesias, hospitales, refugios, e incluso disparando a personas en sitios de recolección de alimentos. Se ha asesinado a periodistas, personal sanitario, trabajadores humanitarios, personal de la ONU y muy especialmente a niños y niñas como parte de un plan dirigido a desaparecer al pueblo de Palestina. Un plan que califica sin ambigüedad como crimen de genocidio.

La historia de esta agresión no comenzó el 7 de octubre. El proyecto sionista se remonta a más de un siglo. Un proyecto colonialista, racista y supremacista que ha utilizado el asesinato y el desplazamiento forzado como política, todo esto avalado por un mundo que observa con indiferencia lo que allí ocurre.

La ocupación de tierras palestinas por el sionismo europeo comenzó con la compra de tierras a principios del siglo veinte apoyado por el gobierno británico. El proceso de desocupación de la población palestina antes de 1936 fue descrito por el escritor y militante Ghassan Kanafani en su libro La revolución de 1936-1939 en Palestina, publicado por la editorial 1804 Books. Kanafani relata que en 1931 unas 20.000 familias campesinas ya habían sido desplazadas de sus tierras. En este interesante y fundamental texto se relata las condiciones a las cuales el Mandato Británico fue sometiendo a la población palestina, lo que incluyó no sólo la pérdida de sus tierras sino el cierre de sus espacios productivos y la imposición de regímenes laborales desventajosos.

El empleo de tácticas terroristas fue convirtiéndose en el modus operandi del sionismo con el objetivo de desplazar a la población indígena de Palestina. Son muchas las masacres cometidas por el sionismo especialmente durante y después de la Nakba en 1948. El 9 de abril de 1948, por ejemplo, escuadrones de Irgún (organización terrorista sionista) entró en la aldea de Deir Yassin asesinando a más de 100 palestinos de los que no escaparon ancianos, niños ni niñas. El 11 de julio de ese año, comandos bajo el mando de Moshe Dayan atacaron Lydd asesinando a 426 personas. Moshe Dayan se convertiría posteriormente en Ministerio de Defensa de Israel. Entre el 14 y 15 de octubre de 1953, el tristemente célebre batallón 101, liderado por Ariel Sharon entró en la población de Qibya asesinando a 69 personas. El mismo Sharon, quien se convertiría en Primer Ministro de Israel, sería el supervisor de la masacre de Sabra y Shatila en 1982 en la que al menos 3500 personas fueron asesinadas.

Pero no son solo masacres de este tipo las muchas cometidas por Israel. El asesinato selectivo de personas ha sido práctica común y política de Estado. Se trata de asesinatos planificados y ejecutados en cualquier lugar del mundo por el servicio secreto de Israel, el Mossad, conocido en las calles de Tel Avid como “el instituto”. Así tenemos recientemente el asesinato de Ismail Haniyeh, vocero y negociador oficial de Hamas, hecho ocurrido el 31 de julio de 2024 en Teherán y el asesinato del líder de Hezbolah, Sayyed Hasan Nasrallah en Beirut el 27 de septiembre de 2024.

Israel no es un Estado, es un proyecto colonial europeo cuyos fundadores no eran originarios de esa tierra. Theodor Herzl era húngaro, David Ben Hurion y Shimon Peres eran polacos, Golda Meir era ucraniana, Moshe Dayan hijo de ucranianos, Ariel Sharon, hijo de bielorrusos, por poner algunos ejemplos. El relato bíblico manipulado es solo una excusa conveniente que sirve para crear una narrativa mítica que da derechos de ocupación a una población foránea de una supuesta tierra prometida. En la práctica lo que tenemos es un Estado fundado sobre masacres, asesinatos y desplazamientos forzados de la población originaria en violación permanente del derecho internacional. Un Estado de Apartheid que distingue ciudadanos de primera con disfrute de derechos y ciudadanos de segunda con derechos limitados o ausentes. La agresión que ocurre desde octubre de 2023 no es más que la continuación de un proyecto de desocupación, exterminio y reemplazo de todo un pueblo avalado, auspiciado y financiado por los EEUU y ejecutado por Israel. Un proyecto que se perpetúa porque además está generando ganancias extraordinarias a un importante número de corporaciones multinacionales del Norte Global, como ha sido evidenciado recientemente en el informe A/HRC/59/23 elaborado por la Relatora Especial de Naciones Unidas para Palestina, Francesca Albanece.

¿Cómo es posible que tanto horror ocurra y no sea posible detenerlo? ¿Cómo es posible que el solo veto de los EEUU en el Consejo de Seguridad sea suficiente para no poder tomar acciones? ¿Cómo es posible que incluso quienes apoyan a Palestina sigan manteniendo la “solución de dos Estados” como solución? Haidar Eid, en el libro que referimos al principio, hace un cuestionamiento serio de esa “solución”. Dos Estados significa que naturalizamos la existencia de un Estado que utiliza la muerte como práctica, un Estado que naturaliza y enseña el racismo y el odio en sus escuelas, un Estado que no oculta su deseo de expansión a través de la violencia y del exterminio de otros pueblos. No finalizó la II Guerra Mundial entregando a los nazis una parte de Alemania. No se finalizará el conflicto entregando una parte de Palestina al sionismo.

El cese al fuego es imperativo, pero no suficiente. Se está cometiendo un crimen y los responsables deben responder por eso. Es momento de que el dinero que se usa para matar sea usado para reparar el daño e iniciar la reconstrucción. Palestina tiene derecho a existir y es obvio que ya se pasó una línea roja que hace inviable una “solución de dos Estados”. Solo una nación Palestina democrática y soberana puede considerarse como solución. Una solución que respete el derecho a la autodeterminación y el derecho a la existencia del pueblo palestino. Una nación que permita la convivencia, independiente de religión u origen étnico. Parece una utopía, pero es la utopía la que permite avanzar. ¡Hagámosla consigna! Hasta ahora no hay avance. Las Naciones Unidas se muestra inoperante y Palestina no puede esperar.

Guillermo R Barreto es venezolano, Doctor en Ciencias (Univ. Oxford). Profesor jubilado de la Universidad Simón Bolívar (Venezuela). Fue Viceministro de Ciencia y Tecnología, presidente del Fondo Nacional de Ciencia y tecnología y Ministro de Ecosocialismo y Aguas (República Bolivariana de Venezuela). Actualmente es investigador en el Instituto Tricontinental de Investigación Social y colaborador visitante del Centro de Estudio de Transformaciones Sociales-IVIC.

Este artículo fue producido por Globetrotter

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